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Arquitectos: Alejandro Aravena, Charles Murray, Alfonso Montero, Ricardo Torrejón. Colaborador: Emilio de la Cerda. Proyecto: 2003. Construcción: 2005. Localización: Campus San Joaquín Universidad Católica de Chile, Santiago, Chile. Superficie construida: 5000 m2.
Fotografia:
Se nos encargó hacer una torre de vidrio que albergara todo lo que tenía que ver con los computadores de la universidad. Esto tenía 3 problemas: los computadores, el vidrio y la torre.
En primer lugar, la pregunta que nos hacía la universidad era: ahora que tenemos computadores ¿va a cambiar sustancialmente la manera de enseñar y por tanto las tipologías arquitectónicas que usamos para espacios educativos? ¿ tiene sentido todavía hablar de “salas” ahora que estamos ubícuamente conectados? El tema de los computadores tiende a basarse en una fe un poco desmedida en que ellos van a cambiar radicalmente nuestra vida. Eventualmente lo han hecho y lo seguirán haciendo, pero queríamos poder dudar de si efectivamente se produce algún cambio. Nuestra respuesta se dividió en 2: Si y No.
Si cambia porque el paradigma del buen lugar de estudio y de trabajo nos pareció que se había invertido. Si hasta ahora ese buen lugar era visto como un lugar bien iluminado, ahora que hay computadores, de lo que se trata es de construir una buena penumbra que elimine el molesto reflejo sobre las pantallas. La luz no debe llegar a nuestros escritorios, porque sale desde ellos. Este hecho nos llevó a explorar una arquitectura relativamente hermética, con perforaciones muy controladas hacia el exterior. Por ello enterramos la placa de la torre (lo que nos permitió usarlas por arriba públicamente) y para ello redujimos las aberturas de la torre a su mínima expresión.
Por otra parte nos pareció que la cosa ahora que hay computadores no cambia nada, porque nada va a reemplazar a la más arcaica y efectiva manera de transmitir conocimiento de una generación a otra, que es por medio de buenas conversaciones entre personas (ya sea entre maestro y discípulo o entre estudiantes) a la sombra de un buen árbol, o tomándose un buen café o encontrándose al paso en un buen corredor. (Teníamos en mente la antigua noción de institución de Kahn, en este caso la de una escuela). Creíamos que la mera más convencional de enseñar, está cautelada por las normas (iluminación, visión, acústica). En cambio el aprendizaje informal no lo cuida nadie y nos pareció que ahí había oportunidad de proyecto. Para ello pensamos que la placa de la torre podía asumir la forma de planos inclinados de madera en los cuales echarse entre horas de clases, a tomar el sol o la sombra de la propia torre o del parque según fuese la época del año. El espacio de 9 alturas entre la torre de cemento y la de vidrio lo concebimos como la magnificación de la conversación de pasillo. Y en ese sentido no sólo nos parecía que el aula da los mismo si cambia o no, si no que lo que debíamos era movernos tan atrás como fuera posible (en vez hacia delante) hacia formas primitivas de ser y estar. El segundo problema consistía en que hacer una torre de vidrio en Santiago implica hacerse cargo del efecto invernadero. El presupuesto disponible no nos permitía comprar un muro cortina que fuese capaz de resolver de una vez todo el conflicto (vidrio doble, cara exterior reflectante, vidrios pigmentados). Y aún cuando hubiésemos podido pagarlo, una piel de vidrio igual obliga a un gasto muy alto en equipos de aire acondicionado. Por último, el vidrio espejo no nos atraía demasiado como material para la fachada.
Entonces, en vez de pensar en una piel que hiciera todo el trabajo (resistir la intemperie, la lluvia, la contaminación, el envejecimiento, regular la luz y controlar las pérdidas y ganancias energéticas), cuestión que cuesta US$120 x m2, pensamos que sería mas económico hacer varias pieles en que cada una fuese buena para una cosa a la vez. Así fue como proyectamos una piel exterior de vidrio corriente, muy mala para el control energético, pero excelente para resistir el polvo, la lluvia y el envejecimiento. Más adentro proyectamos un edificio de fibrocemento, muy malo para resistir la intemperie, pero muy bueno desde el punto de vista térmico. Entre ambos: aire. Todo lo que había que hacer era evitar que el efecto invernadero que se genera detrás del primer edificio de vidrio, llegase al segundo edificio de fibrocemento. Para ello dejamos que el espacio entre los dos edificios se comportase como una chimenea perimetral que por medio de convección dejase salir el aire caliente por arriba. La piel de vidrio no llega al suelo, dejando entrar aire fresco en la base; un viento vertical, el cual es acelerado por efecto Venturi en los “acinturamientos” de la torre, sale por una superficie equivalente dejada en la parte superior. La suma de cada una de estas pieles que hacen una cosa a la vez, fue de US$90 x m2, un 30% más barato que el producto de línea, lo que nos permitió entrar en costo.
Por último estaba el problema de conseguir una torre: la superficie con que contábamos era sólo de 5000 m2. Por más que achicáramos las plantas para obtener una proporción vertical, la forma resultante era más bien “gorda” o de contextura gruesa, por decirlo de alguna manera. Lo único que se nos ocurrió entonces, fue partir el edificio en 2 a partir del séptimo piso. Cada una de las partes resultantes fue construida usando perfiles de aluminio de distinto color, los cuales prácticamente carecían de espesor. Buscábamos que frontalmente el edificio se leyese como un único volumen bicéfalo, pero que en escorzo dada la diferencia cromática de los perfiles, se pudiese leer como 2 torres, cada una de ellas efectivamente verticales, las cuales compartían gran parte de su cuerpo, como si se tratara de estructuras siamesas. |
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Architects: Alejandro Aravena, Charles Murray, Alfonso Montero, Ricardo Torrejón.
Collaborator: Emilio de la Cerda
Project: 2003 Construction: 2005.
Location: Campus San Joaquín Universidad Católica de Chile, Santiago, Chile. Built Area: 5000 m2.
Photography:
We were asked to build a glass tower to host everything that had to do with computers in the university.
We saw 3 problems in this: the computers, the glass and the tower.
The university asked us to question the type of architecture required for teaching now that everything depends on digital technology. Should architecture change now that we have computers? Does the notion of room (be it for work or for attend a class) still make sense? Our answer was, of course, Yes and No.
Yes, because the paradigm for working spaces has been reversed; if until now a good room, was the one that had a good natural light (library, classroom, etc), now that we work on screens, a good space is the one that has achieved a good half-light (to avoid uncomfortable reflections). This fact led us to explore a relatively hermetic volume, with very controlled perforations towards the outside. But on the other hand, we were not that optimistic regarding computers and their influence in education, or the transmission of knowledge; in the end nothing will defeat a good conversation of two persons (be it between a professor and a student, or between students) under a good shadow, drinking a nice cup of coffee or having a casual conversation in a corridor. (We had in mind Louis Kahn’s old notion of institution in this case that of a school). In a way, formal education is taken care by building codes: light, acoustics, ventilation, etc. but nobody takes care of informal education and there we saw a design opportunity. So, instead of moving forward thinking about the next step in education, we thought we had to move back as much as possible, to more archaic and primitive ways of being. Wood slopes, a natural public bench, or a 10 storey high corridor were those spaces where we expected old good conversations to take place.
Regarding the glass, the problem was that building a glass tower in Santiago, means automatically to take care of the greenhouse effect. We had no money for a curtain-wall, able to solve all the issues in 1 single skin (double, reflective and colored glass). Even if we had the money, the amount of energy that has to be spend afterwards for air conditioning is obscene. Finally we did not like mirror glass for the façade, because it is vulgar. So instead of thinking about a skin capable of doing all the job (protection against dust, rain, smog, weathering and greenhouse effect) which costs around US$120 x m2, we thought that it would be cheaper to do several skins, each of them doing well 1 thing at a time. So we designed an outer single glass skin, very bad in energetic terms, but very good against weathering and then an internal building made out of fiber-cement, bad against weathering but energetic wise. In between them: air. All we had to do, was to avoid the greenhouse effect generated after the sun trespassed the glass, before it reached the second building inside. So, we allowed the space in between the 2 buildings to perform as a perimeter chimney, letting the hot air to leave the system, ascending by convection to a void in the top. A constant and natural vertical wind, helped by the Venturi effect created by the waists will eliminate the greenhouse effect. The sum of the two buildings, because they were more specific in their performances, was 30% cheaper . We also expect to spend much less energy during it’s useful life.
Finally, there was the problem of trying to have a tower, because we had just 5000 m2 to achieve it. Didn’t matter how much we reduced the surface of each floor, the resulting figure was pretty chubby; it was a high building, but it didn’t look like a tower. So the only solution we thought of, was to cut the volume in two from the 7th floor up. For each of the resulting parts we used almost width-less aluminum pieces of slight different colors. So if seen from the front, the building was a unique bi-chepalus volume, but seen as a foreshortened figure, the color difference could show a couple of really vertical figures, that happened to share great part of their bodies, as if they were Siamese creatures. |